Lengua Espaňola

Nuestro Mundo

Nuestro Viaje Juntos

Jerry Hejka-Ekins - EE. UU

Tradicionalmente, la preocupación fundamental de la profesión médica era la de tratar y aliviar el sufrimiento de sus pacientes y, en la medida de lo posible, curar sus dolencias. No obstante, los avances tecnológicos han hecho posible, con unos medios extraordinarios, alargar indefinidamente el funcionamiento del cuerpo del paciente. A mediados del siglo veinte, esta nueva tecnología comenzó a dominar las prioridades de la profesión médica, sin tener ni siquiera en cuenta, a veces, los propios deseos del paciente y de la familia.

Hace unos sesenta años, Cecily Saunders, una enfermera titulada de Inglaterra, en respuesta a la política que se estaba aplicando en el campo médico, puso en marcha un movimiento en el que el respeto por el paciente, por sus creencias, deseos y necesidades emocionales, volviese a ser  primordial. Su visión era la de crear una atmósfera terapéutica en la que se pudiera atender, de nuevo, el deseo del paciente de fallecer tranquilamente en compañía de sus seres queridos. Sus esfuerzos se materializaron en el movimiento de los “Hospice” (Residencias para enfermos terminales), extendido ahora por todo el mundo. En estos “Hospice”,  se les proporciona a los pacientes  los cuidados físicos y emocionales necesarios y deseados para que se encuentren cómodos, pero sin utilizar los esfuerzos extraordinarios que se hacen para mantenerlos vivos de forma artificial.

Mi propia experiencia con los “Hospice” empezó en enero del 2005, cuando mi suegra, Evelyn, entró en fase terminal. April, mi esposa, y yo  conocíamos ya previamente el movimiento de los “Hospice”. Por ello, solicitamos al hospital que le permitiera a Evelyn volver a casa, bajo supervisión del “Hospice”, pudiendo así vivir sus últimos días en el entorno familiar. Evelyn regresó a casa sobre las cinco treinta de esa tarde. La instalamos cómodamente y hacia las 10:30 se durmió. April y yo estuvimos con ella toda la noche. A la mañana siguiente, cuando el sol comenzaba a iluminar la habitación, exhaló su último suspiro. Encendimos una vela, cerramos la puerta y nos retiramos llorando a la sala de estar.

Después del traspaso de Evelyn, mi interés por los “Hospice” fue aumentando y me apunté a un curso de voluntaria. Diez semanas después, recibí mi primer trabajo: visitar a una familia que estaba cuidando de su padre en fase terminal. Estas visitas solían hacerse a la casa del paciente, donde nuestro trabajo principal consistía en darles un respiro a los miembros de la familia, que podían ir a la iglesia, si querían, o tener un rato para ellos. A veces la familia, por el motivo que sea, no puede proporcionar el cuidado que el paciente necesita. Fue en una situación de estas que, más adelante, me asignaron a Bill, un hombre bastante jovial de unos 70 años y pico. Residía en un “Hospice” donde le atendían las veinticuatro horas del día. Nos hicimos amigos inmediatamente. Hablábamos de su infancia en la granja, de su esposa, de su hija y de  las noticias de actualidad. Al cabo de unas semanas, su cuerpo comenzó a debilitarse hasta que ya no podía andar solo. Se quedaba en la cama y juntos mirábamos la televisión. En unas semanas más, comencé a darme cuenta de que yo era el único visitante. Parece que su familia lo había abandonado allí. Nunca supe por qué. Un día llegué hacia la hora de la comida. Tenía la bandeja con su comida en la mesa, sin tocar. “No tengo hambre” me dijo. Yo ya sabía que la pérdida del apetito es típica de quienes se acercan al momento de la transición. Por esto no insistí en absoluto. Había, sin embargo, una taza de postre en la bandeja.  Sabía que le gustaba aquel postre y me ofrecí a ayudarle. Acerqué una silla a la cama y abrí el recipiente. Mientras le daba el pudín, comencé a pensar en lo mucho que nos parecemos a los niños cuando nos acercamos al final de nuestra vida. Como un bebé, en la vejez, el cuerpo se debilita; perdemos el control sobre él y volvemos a necesitar ayuda para comer y para casi todo lo que hacemos. 

Cuando volví al día siguiente, la cama estaba vacía. La enfermera dijo que había fallecido la tarde anterior. Aparecieron brevemente su esposa y su hija, recogieron sus pertenencias y se marcharon en silencio. Cogí una silla y me senté al lado de la cama vacía. La TV que mirábamos juntos estaba apagada y la habitación, de alguna manera, parecía un poco más oscura. 

Con los años, me han encomendado muchas otras tareas, pero la sencillez de los encuentros y el tranquilo compañerismo que tuve con Bill vinieron a representar la esencia de lo que el “Hospice” significa para mí. Una oportunidad de realizar, a través de la experiencia práctica, la realidad de la conexión interior que hay entre los seres humanos, y que nuestra responsabilidad va más allá de nosotros y de nuestra familia, llegando a todo aquél con quien entramos en contacto, e incluso a quienes nunca nos encontramos. Nuestro objetivo es despertar de nuestro sueño egocéntrico de separatividad; aprender las habilidades para hacer el trabajo de curación en beneficio de aquellos con quienes nos encontramos en el camino, procurando dejar el mundo un poco mejor de lo que era cuando llegamos a él. Nuestra  humanidad misma es el acto más básico de compañerismo que podemos ofrecer a los demás; compartir sus alegrías y tristezas es un primer paso importante. 

He seguido haciendo visitas a familias, además de asumir responsabilidades en los trabajos de oficina, y he terminado coordinando un grupo de apoyo para personas afligidas. Pero la lección que aprendí con Bill ha permanecido siempre conmigo. No importa lo que hagamos, la clave para vivir una vida plena y significativa es estar presente y responder a las personas que entran en nuestra vida. Lo que haya que hacer acabará por ser evidente,- aunque se trate simplemente de acompañar a una persona que está muy sola y que no tiene a nadie más. Nadie debería morir en soledad. 

Se atribuye a Buddha haber dicho que la muerte es una condición del nacimiento. Pero esas palabras evidentes adquieren un sentido más profundo y más personal para aquellos que han asistido al nacimiento de sus hijos y a la muerte de sus seres queridos. La alegría que experimentamos con otras personas nos hacen apreciar más nuestra vida, mientras que la pena por la separación nos recuerda nuestra propia mortalidad. Cada momento es una oportunidad de vivir, de experimentar, de aprender, de compartir y, lo más importante, de amar.

Link to English version:
http://www.theosophyforward.com/index.php/theosophy/512-our-world.html